Desde hace unos años, la provincia de Barcelona ha experimentado un auge en el servicio de limpieza de comunidades : limpiezas de propiedad horizontal.
Uno de los orígenes de este boom ha sido la creciente sustitución de las labores de portero en muchas de las fincas de las grandes capitales. Muchas de estas comunidades de vecinos han optado por externalizar los servicios de vigilancia, jardinería y limpieza de sus propiedades, olvidándose así de la contratación del empleado y del mantenimiento de su vivienda.
Este cambio es significativo, pero no explica la cuota de mercado que se ha abierto estos últimos años. Entonces, ¿dónde encontramos la explicación?
Según nuestra experiencia, los motivos son varios:
· La incorporación de la mujer al mundo laboral implica un menor tiempo para realizar tareas comunitarias que realizaban de manera habitual las amas de casa.
· El envejecimiento progresivo de la población impide la ejecución de los servicios de limpieza de comunidades. Esta tarea puede implicar riesgo de caídas o lesiones por esfuerzos, cabe recordar que muchas de las comunidades de vecinos no poseen ascensor.
· En una finca (propiedad horizontal) no todos los propietarios están dispuestos a sacrificar su tiempo para dedicarlo al cuidado de su comunidad. Esto sucede sobretodo en el caso de pisos habitados por inquilinos donde en muchas ocasiones no queda bien claro si es el propietario o el alquilado quién debe hacerse cargo del mantenimiento de las tareas comunitarias.
· La contratación de una empresa externa supone una uniformidad en los servicios, cada semana se realizan exactamente los mismos servicios, cuidando de hacer rotar los puntos críticos. En cambio cuando la limpieza o el mantenimiento corre a cargo de los vecinos, se presume el buen hacer del propietario, quedando siempre zonas comunes por limpiar.
Creemos que la profesionalización de este tipo de tareas, implica una revalorización, es decir si una persona realiza algo que supone un esfuerzo difícil de contabilizar puede dar la impresión de que no le ha supuesto ningún sacrificio, que es lo normal, casi una obligación. En cambio cuando la tarea es cuantificable, tiene un precio en el mercado, le asignamos un valor. ¿Quién no ha infravalorado unos canelones caseros hasta que se ha puesto a hacerlos?
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